“En La Mesa Cundinamarca se fundó la primera panadería de Colombia”
– Patricia Vanegas
El 20 de febrero de 1892 contrae matrimonio la señorita Carmen Zamora con Don Domingo Vanegas y recibe la novia como regalo de bodas de su familia, el negocio de elaboración de pan que a partir de ese momento se llamaría ” Panadería Vanegas”.
La fabricación de pan se inició años atrás, en la casona propiedad de las tías de Carmen Zamora, en una de las esquinas de la cuadratura fundacional de La Mesa de Juan Díaz, la carrera 21 con calle 7.
En un área de 700 metros funcionaba el local de expendio de pan en la esquina principal, mientras que en la parte media y sobre la calle del Cacho, era la residencia familiar de 5 habitaciones, servicios y patio con aljibe. En la curva del Cacho estaba distribuida la zona de producción, también con patio, aljibe y servicios para los empleados que habitaban allí con sus familias; un gran salón para amasijo y horneo y un espacio cubierto para la leña.

En los primeros años se trabajó con un rudimentario horno de barro con cúpula en forma de campana y fuego directo alimentado por leña. Posteriormente se construyó otro horno mucho más grande y sofisticado, con ladrillos refractarios y fuego indirecto que calentaba la bóveda principal, entrando el calor por canales o ventanas y calentando los varios pisos, lo que permitía una cocción precisa y acorde con los diferentes productos. Su capacidad era para 150 latas (las latas eran aproximadamente de 1.20 × 60 cm).
Todos los días a las 3:30 de la madrugada, “El Hornero”, limpiaba las cenizas de la boca posterior y alimentaba el horno hasta las 11am. Semanalmente consumía 2 pilas de leña (una pila equivalía a 1.60 metros cúbicos).
De la parte frontal se encargaba “El Puerta de Horno”; de su concentración y habilidad con el manejo de las latas dependía el éxito de la cocción.

La responsabilidad de toda la producción recaía en la cabeza del encargado de recibir y pesar los ingredientes del Moje, interpretar las planillas diarias que variaban de acuerdo a los días de mayor demanda como eran los miércoles y domingos (días de mercado en la población), festivos y la Semana Sta. Por más de 30 años se destacó en esta labor el insuperable señor Rafael Rodríguez.
El amasijo en los primeros tiempos fue desempeñado por “Tabloneras”, mujeres que mientras trabajaban criaban a sus hijos debajo de los mesones y quienes al crecer, ya familiarizados con el oficio, reemplazaban a sus madres. Así el personal de planta llegó a 16 panaderos.
El local esquinero abría sus tres portones y el Reservado a las 6 am y cerraba a 10 pm.
Trabajadora incansable y quien supervisaba a las vendedoras fue la señorita María Pinzón, desde muy joven hasta 1963. Toda una vida al servicio de la panadería.
La limpieza del Tablón, herramientas, canes y latas estuvo a cargo de “Fabián”, solitario personaje, nieto de esclavos quien desde niño vivió allí hasta sus últimos días. Recuerdan que entre fiebres y delirios hablaba del día de cuando se dio la orden a todo el personal de salir, para que él a solas brillara una gran vajilla de plata que nunca volvió a verse. Ese servicio era facilitado por Doña Carmen en su salón comedor cuando el párroco debía atender a altos prelados de la iglesia, quienes por celebraciones especiales de la curia, visitaban la población.
En el siglo XIX es cuando en la compra y venta de alimentos, el transporte fija una importancia estratégica; los malos caminos encarecían las materias primas, en invierno se hacían intransitables aún para las mulas, con las que se corría el riesgo de desbarrancarse como a menudo ocurría en el sitio conocido como “Boca de Monte”.
Es por esta causa por la que se recurría a los “Cargueros”, quienes de manera segura recorrían a pie hasta 100 km en 7 días, mientras que las mulas gastaban el doble. Además, los cargueros transportaban no solo personas sino también grandes fardos de más de 6 arrobas. Desde Tunja, Facatativá y Bogotá bajaban harina, trigo, cebada y de La Mesa subían azúcar, cacao, café y frutas entre otros productos.
Con los cambios tecnológicos se implantó la navegación a vapor por El Magalena. Por esta vía y desde Londres llegó la “caja fuerte” o caja de seguridad Mosler Safe Co, que prestó muy buen servicio para resguardar los valores del negocio. Así también llegó un piano inglés que con motivo de los 15 años de Elvira Vanegas Z, le fue regalado por sus padres Doña Carmen y Don Domingo. En 1968 este piano fue comprado por el sacerdote Carlos Salazar por valor de 700 pesos.
Cuando en 1947 fallece la gran administradora de la próspera empresa doña Carmen Zamora de Vanegas, sus hijos Gilberto (quien muere luego a consecuencia de los violentos hechos del 9 de abril), Leopoldo (odontólogo de profesión), Aristóbulo, Elvira, María Carolina y Sofía, venden sus derechos herenciales a su hermano menor Gabriel A Vanegas Z quien deja su empleo en los juzgados del municipio y toma la dirección de La Panadería Vanegas, asumiendo el reto de los cambios socioeconómicos a los que se enfrentaba el país terminando la primera mitad del siglo XX.
El reparto de los productos pasó a dos veces por semana en los corregimientos e inspecciones del municipio en camionetas Willys últimos modelos, hasta que en 1955 se conservó la última por más de 50 años, convirtiéndose así en emblema de la panadería y de la comunidad, ya que en muchas ocasiones prestó su servicio para acudir a solucionar emergencias del acueducto municipal.
La iluminación con velas fue reemplazada por lámparas de petróleo y planta de energía que se encendía diariamente a las 6 de la tarde. Esto permitió a los parroquianos seguir las transmisiones de la famosa radionovela “El derecho de nacer”. Don Gabriel conectó un parlante en la puerta de su casa y allí al frente se reunían cada noche, con bancos y silletas para escuchar los capítulos. A la sala de su casa solo ingresaban las señoritas Guarnizo y su prometida Stella Bernal con su madre Beatriz Rubiano de Bernal.

Los años 60’s llegaron a La Mesa y con ellos la luz eléctrica. Se apagó el motor y se prendieron los electrodomésticos y los refrigeradores. Los huevos ya no venían del campo ni la leche de los hatos. Aun así, los productos más apetecidos continuaban siendo las mogollas resobadas, los roscones, los calados, los mojicones, los pitufos, colaciones y los exquisitos y muy elaborados ponqués para ceremonia. El pan seguía vendiéndose con vendaje y ñapa. Se introdujo el kumis, las malteadas y los jugos naturales de frutas aún sin conservantes ni saborizantes artificiales.
Al cabo de tres décadas fallece don Gabriel, el último de los Vanegas; con él perduró la marca familiar por más de 120 años. Al cierre definitivo, 10 años después en 2012, hubo sentidas muestras de pesar de quienes se sintieron identificados con un icono propio. Muchas familias durante varias generaciones formaron parte de su historia.
El horno dejó de calentar y se cerraron sus compuertas. A cambio, se abrieron diversos locales comerciales sobre la calle más fotografiada.

En la memoria de los mayores se conservan los recuerdos y adentro quedaron los fantasmas con todos sus secretos.
Una crónica de Patricia Vanegas de García (hija de Don Gabriel Vanegas).
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